
Javier Blanco
Cuando por aquí se hablaba de rock sinfónico se miraba a «Pink Floyd» o, si acaso, para más toque elitista, se apuntaba a otros más minoritarios del rock progresivo. Casi nadie se atrevía a echar un vistazo a los grupos que hacían sus canciones un poco más gaseosas (entiéndase por gaseosas la capacidad para alcanzar millones de oídos y chupar listas de éxito un largo tiempo, que ahí está el mérito). En ese sinfonismo estaba la «Electric Light Orchestra», la «ELO», que, tristemente, vuelve a la actualidad por la muerte reciente de Mike Edwards, uno de sus componentes, que, precisamente, era chelista, un instrumento que daba esa personalidad a la banda. Edwards murió en un extraño accidente tras caerle un rollo de heno, que chocó con su coche. Para esto de las muertes también da mucho de sí el mundo rock: suele ser asunto de leyenda. Por no abordar las desapariciones míticas de todos los míticos, que tienen que ver con drogas, ahogos acuáticos o asfixias en pleno sueño a causa de un cigarrillo que quedó encendido, o mal apagado.
El caso es que la «ELO» aparece en este capítulo de «Historias de la música» para despedir a uno de sus componentes y, de paso, dejar constancia de su retahíla de éxitos; canciones con sus voces en falsete y su variada gama instrumental de cuerda, siguiendo el legado de los «Beatles» en esa onda suya de «semicámara». Y el que más y el que menos tarareó canciones de su «saco», como «Sweet talkin' woman», su «Roll over Beethoven» o el tan coreado «Livin' thing». Todo se esfumó en los ochenta, que fue década decadente para todos estos talentos de la rica escena británica setentera. La «ELO» nacía del espíritu de otro grupo, «The Move». Pero con el paso del tiempo el gran padrino ha sido Jeff Lynne, que a la larga fue quien lideró la banda e incluso intentó una reconstrucción del grupo en el año 2000. Jeff Lynne sentó sus bases con ese sonido más o menos comercial (según qué pieza) de la «ELO» y la ambientación sinfónica que, cierto, a veces rechinaba, pero, no menos cierto, llegó a convertirse en un modo de producción distinto, una especie de alargador de aquel «muro de sonido» de Spector con «The Beatles». El muro que tanto disgustó a Paul McCartney, quien más tarde editaría una versión del disco original desnudo, «Let it be? Naked».
Todos los «ELO» tuvieron una actividad intensa en la industria, bien formando nuevos grupos, bien apadrinando nuevos proyectos. Pero Lynne se convirtió finalmente en todo un general de la música. Mantuvo gran amistad con George Harrison, junto con el hijo del ex «beatle», Dhani, produjo su álbum póstumo, y también con Harrison fue un activo del grupo de ocasión y supergrupo «The Traveling Wilburys», donde se reunieron una colección de estrellas inolvidables: Dylan, Orbison, Tom Petty, el propio Lynne y George Harrison. En fin, que tras grupos a veces denostados como la «ELO» siempre hubo genios. Por algo se llega a las listas de éxito.
Cuando por aquí se hablaba de rock sinfónico se miraba a «Pink Floyd» o, si acaso, para más toque elitista, se apuntaba a otros más minoritarios del rock progresivo. Casi nadie se atrevía a echar un vistazo a los grupos que hacían sus canciones un poco más gaseosas (entiéndase por gaseosas la capacidad para alcanzar millones de oídos y chupar listas de éxito un largo tiempo, que ahí está el mérito). En ese sinfonismo estaba la «Electric Light Orchestra», la «ELO», que, tristemente, vuelve a la actualidad por la muerte reciente de Mike Edwards, uno de sus componentes, que, precisamente, era chelista, un instrumento que daba esa personalidad a la banda. Edwards murió en un extraño accidente tras caerle un rollo de heno, que chocó con su coche. Para esto de las muertes también da mucho de sí el mundo rock: suele ser asunto de leyenda. Por no abordar las desapariciones míticas de todos los míticos, que tienen que ver con drogas, ahogos acuáticos o asfixias en pleno sueño a causa de un cigarrillo que quedó encendido, o mal apagado.
El caso es que la «ELO» aparece en este capítulo de «Historias de la música» para despedir a uno de sus componentes y, de paso, dejar constancia de su retahíla de éxitos; canciones con sus voces en falsete y su variada gama instrumental de cuerda, siguiendo el legado de los «Beatles» en esa onda suya de «semicámara». Y el que más y el que menos tarareó canciones de su «saco», como «Sweet talkin' woman», su «Roll over Beethoven» o el tan coreado «Livin' thing». Todo se esfumó en los ochenta, que fue década decadente para todos estos talentos de la rica escena británica setentera. La «ELO» nacía del espíritu de otro grupo, «The Move». Pero con el paso del tiempo el gran padrino ha sido Jeff Lynne, que a la larga fue quien lideró la banda e incluso intentó una reconstrucción del grupo en el año 2000. Jeff Lynne sentó sus bases con ese sonido más o menos comercial (según qué pieza) de la «ELO» y la ambientación sinfónica que, cierto, a veces rechinaba, pero, no menos cierto, llegó a convertirse en un modo de producción distinto, una especie de alargador de aquel «muro de sonido» de Spector con «The Beatles». El muro que tanto disgustó a Paul McCartney, quien más tarde editaría una versión del disco original desnudo, «Let it be? Naked».
Todos los «ELO» tuvieron una actividad intensa en la industria, bien formando nuevos grupos, bien apadrinando nuevos proyectos. Pero Lynne se convirtió finalmente en todo un general de la música. Mantuvo gran amistad con George Harrison, junto con el hijo del ex «beatle», Dhani, produjo su álbum póstumo, y también con Harrison fue un activo del grupo de ocasión y supergrupo «The Traveling Wilburys», donde se reunieron una colección de estrellas inolvidables: Dylan, Orbison, Tom Petty, el propio Lynne y George Harrison. En fin, que tras grupos a veces denostados como la «ELO» siempre hubo genios. Por algo se llega a las listas de éxito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario